El tablero de ajedrez es uno de esos objetos que viajan habitualmente en las autocaravanas y cámperes sin que nadie lo incluya en la lista de equipaje. El 20 de julio, Día Internacional del Ajedrez y Día Internacional de la Luna, ofrece una buena excusa para desempolvarlo después de cenar y echar una partida bajo un cielo diferente al de casa.
Puede ocurrir frente a un lago de los Alpes, junto a una dehesa salmantina, en algún rincón del interior de la Comunitat Valenciana o cerca del mar. Sobre la mesa estarán los mismos 64 escaques y las 32 piezas de siempre, aunque alrededor todo haya cambiado. También siguen ahí los piques familiares, las revanchas pendientes y esa seguridad con la que algunos jugadores mueven una pieza segundos antes de descubrir que acaban de cometer el error de la noche.
Conversación alrededor de 64 escaques
El ajedrez permite conversar sin hablar y escuchar el silencio del entorno, con todos los sonidos que lo acompañan. Mientras uno piensa dónde mover el caballo y el otro intenta descubrir qué pretende hacer con la reina, se cuelan el viento entre los árboles, los grillos, el agua de un río cercano, las olas del mar o las conversaciones que llegan desde otras parcelas, si la partida se disputa en un camping.
Tampoco hace falta ser Kasparov ni una de las nuevas promesas del juego. El ajedrez doméstico tiene sus propias reglas, rivalidades y recuerdos… Como los del padre que todavía rememora la partida que perdió contra su hijo el verano anterior; los de los dos hermanos empeñados en resolver una revancha pendiente; o los de una familia que acaba organizando un pequeño torneo durante las vacaciones.
Los mismos de casa, a cientos de kilómetros
Viajar en autocaravana o en cámper cambia el escenario durante unos días y mantiene muchas de las costumbres que cada familia lleva consigo. Las bromas siguen siendo las mismas, también la forma de celebrar una victoria, protestar una derrota o comentar la jugada del contrario aunque nadie haya pedido consejo. Como en casa, los mismos roles. La diferencia está alrededor de la mesa, ya que una noche puede haber una montaña al fondo y, a la siguiente, las luces de un pequeño pueblo. El tablero cabe en cualquier destino y permite continuar una partida, iniciar otra o dejar pendiente la revancha hasta la siguiente parada.
Para Enrique Rita, gerente de AC-LLAR, presidente de la Asociación del Caravaning de la Comunitat Valenciana (ACCVAL) y miembro de la patronal nacional del sector, Aseicar, estas escenas forman parte de muchas de las historias que cuentan los clientes cuando regresan de sus vacaciones. "Quienes viajan en familia se llevan con ellos muchas de las cosas que hacen en casa y las disfrutan en lugares distintos. Una partida de ajedrez puede empezar después de cenar en cualquier punto de la ruta y convertirse en un pequeño torneo que dura todas las vacaciones. Al final, cada familia encuentra su manera de disfrutar del viaje y muchas veces son estas experiencias cotidianas las que acaban recordando cuando regresan."
Una partida con la luna como testigo
Si el 12 de agosto el eclipse solar concentrará buena parte de la atención de este verano y llevará a miles de personas a buscar un buen lugar desde el que mirar al cielo, en modo astrocaravaning, el 20 de julio permite un ensayo mucho más doméstico. El Día Internacional del Ajedrez y el Día Internacional de la Luna comparten fecha y escenario para quienes esa noche decidan sacar el tablero después de cenar, con la reina de las blancas sobre los escaques y nuestro satélite como testigo de la partida.